martes, 11 de octubre de 2005

Historia de un bebé

“Historia de un bebé venezolano”




El día de mi nacimiento, al verme, el doctor y la enfermera dijeron: “¡Guaoooo…!”. Y yo, con mi piel cubierta con una baba blanquecina, con la nariz obstruida con no sé qué extraña sustancia y con la placenta de sombrero sobre mi cabeza, pelé mis enormes ojos y mientras los miraba, pensé con cara de sobrado: “Bueno, al fin he llegado”.

En ese momento escuché que alguien decía: “¡Hay que darle una nalgada!”. Y enérgico volví a pensar: “¡El que me toque el ….-lo lo mato!”.

Al final, y para evitar problemas, medio lloré antes de que me dieran la nalgada ¡Qué bienvenida tan salvaje!. Y después dicen que me quieren.

La peor parte de mi vida de esta etapa de bebé fue entre los cero y los tres meses, me obstinaba la cargadera, manoseadera y pellizcadera de cachetes de mis tías, abuelas, abuelos, amigos y amigas de mi mamá.

Día y noche tuve que calarme la maldición de escuchar una y otra vez: “¡Ay,que cocha tan prechocha!” o “¿Y esa cochita tan linda a quién che pareche?”.

Nunca he podido entender por qué no me dan comida como a cualquier persona. Primero, las tetas de mi mamá ¡Guácatela!. Si fueran las de otra mujer pero ¿las de mi mamá? ¡Qué aberración!. Después critican el incesto. A mí me daba como cochita succionarle los pezones, pero ¿qué iba a hacer?. ¡Con lo que me gusta la leche pasteurizada, esa, la que viene en pote de cuarto ‘e litro! Pero no, tenía que ser la leche de mi mamá. Por eso cada vez que tenía hambre, ella sacaba discretamente mamarra ‘e tetas, le ponía encima un pañal para pudorosamente taparse de ojos extraños, y a mí me dejaba un huequito ínfimo a través del cual debía chupar con desesperación un infame chorrito de leche que no llegaba ni a un cuarto de onza.

Me sentí chulo y vago. Mamá me lo hacía todo y en recompensa, le quité el calcio de sus huesos, la dejé osteoporósica, y ahora le decomiso la poca leche que con tanto esfuerzo produce, pero lo peor de alimentarme de mi madre, es que me siento caníbal.

La otra es que no sé por qué extraña idea, mamá siempre creyó que yo tenía frío y mientras ella usaba franelas delgaditas con refrescantes escotes, a mí me ponía guantes, escarpines, gorros, saquito, medias y cobijitas de lana. Como además estaba perdiendo peso, me llevaron donde un señor llamado pediatra, quien al verme en su consultorio, le dijo a mi mamá: “Desvístalo, móntelo en el peso. Agárrele la cabeza y jálele las piernas que lo voy a medir”. ¡Qué horrible ese peso! Me sentía como muchacho redondo en carnicería.

Casi inmediatamente me puso una paleta de helado sin helado sobre la lengua y se acercó con una extraña lucecita que le salía de la frente. Me puso de espalda y en el trasero me puyó despiadadamente algo que llamó la triple…Por lo menos mi mamá lloró conmigo.

De pronto, con voz gruesa y viéndome como a un bicho raro, dijo: “Vamos a probar quitarle el pecho. Déle 12 gotas de estos medicamentos cada cuatro horas y si no se lo toma por las buenas, tápele la nariz y empújeselo, luego comenzaremos con la S26″.

¡El tipo era Nazi! Iba a quitarme el pecho y luego me aplicaría el plan S26, sin contar el hecho de que agarró el termómetro y me lo colocó en el sitio donde la espalda pierde su nombre.

Después supe que la S26 es una comida que sabe a mondongo revuelto con galletas María y sardinas.

Otra cosa que ya no soporto son las canciones infantiles Qué vaina más espantosa! Pasé noches atormentado escuchando esa musiquita sin dejar de observar un móvil que también tenía musiquita e incansable daba vueltas sobre mi cuna las veinticuatro horas.

Cada rato me cago y me hago pipí ¿Pero cómo no hacerlo? Si me la paso de susto en susto: me tiran hacia arriba y me atajan en el aire, la abuela que tiene mal de Parkinson me asoma a la ventana, mi hermanito mayor está empeñado en que acaricie a su doberman y que para que el perro me reconozca por mi olor, y para colmo, mi mamá, en lugar de llevarme a la poceta, me pone pañal, lo que me ha traído como consecuencia que se me pelen las bolitas, razón por la cual me embadurna con un patuque asqueroso llamado Crema Cero.

Sí, es verdad. De noche lloro ¿Pero cómo no voy a hacerlo? Si mi papá siempre le está diciendo a mamá: “En cuanto se duerma, le damos”.

Esta vida de bebé ya no la aguanto, sólo espero crecer para algún día convertirme en un bebé verdaderamente feliz, es decir, en un bebe caña.

Claudio Nazoa

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