sábado, 21 de enero de 2006

Carta al Señor que Serruchó el Viaducto

Claudio Nazoa



Estimado señor que serruchó el viaducto:


Lo primero que quiero decirle es que lejos de mí está pensar que por culpa suya está ocurriendo lo que está ocurriendo. Repito: sé que no es su culpa, pero me gustaría hacer públicas las reflexiones que íntimamente han pasado por mi mente.



Hay que ser justos y decir la verdad. A esa autopista el único que la cuidó fue su papá Pérez Jiménez, después todos los gobiernos la abandonaron a su suerte permitiendo que se construyeran ranchos, no tapando huecos ni cambiando los bombillos de los túneles a excepción de cuando venía el Papa, que como por arte de magia se acomodaba la autopista de punta a punta. Apenas se marchaba su santidad, daba la impresión de que había un grupo de obreros destructores que arruinaban todo lo que se había hecho semanas antes, se quemaban los bombillos, ponían islas móviles de concreto antecedidas por ojos de gato y rayitas blancas dirigidas hacia ellas en las curvas más peludas, especialmente diseñadas para que la gente se matara en la noche.



Señor que serruchó el viaducto ¿Se acuerda de la famosa y misteriosa mancha negra?



Esa mancha es el equivalente al triángulo de Las Bermudas, un enigma insondable. Era un ente, una especie de marciano negro grasoso y pegajoso que se adhería al macadam, además, se reproducía y caminaba hacía otras autopistas. No había forma ni manera de quitarlo, lo raspaban por un lado y salía por el otro.



Un día, a alguien se le ocurrió echarle jabón y lavarlo con un cepillote y... la mancha se quitó. Al parecer se había intentado todo menos lo lógico, lavarla.



Mi estimado señor que serruchó el viaducto, tengo de usted las mejores referencias con respecto a su desempeño profesional y no dudo que hizo lo que sinceramente creyó había que hacer. Pero vamos a estar claros, piense por un momento que usted no es usted, póngase la mano en el corazón y conteste sinceramente:



si alguien le dice que va a serrucharle las bases a un viaducto que se está cayendo sólo ¿no le daría por dentro como un friíto? Incluso ¿no pensaría hasta en demencia?



Cuando leí en la prensa que la única forma que el viaducto no se cayera era serruchándole las bases, me dije:
—Ahora sí ¡Estamos locos!
¡Todos nos estamos volviendo locos!



Eso de andar serruchándole las bases a un puente que se está cayendo sólo, es como si uno viajara en un avión al que le falla un motor y al piloto se le ocurre que para que no se caiga, lo mejor es serrucharle las alas con motor y todo.



Para calmar a la población temerosa de usar el viaducto, usted dijo que la idea original era serruchar las bases y ponerle unos patines. Sí ¡Unos patines!



Para que el viaducto fuera cediendo poco a poco. No me niegue, mi estimado señor que serruchó el viaducto, que eso de los patines montados sobre unas bases picadas por la mitad y empujadas por un cerro loco, hablando en criollo, daba culillo.



Ese viaducto no se va a caer.



No ¡Ese viaducto se va a ir con patines y todo hasta el aeropuerto!
Si seguimos destruyendo a Venezuela por todos los costados ¿Cómo van a hacer los gringos cuando nos invadan? ¿Qué puentes van a destruir con sus bombardeos? ¿Qué cerros van a tumbar con su artillería? ¿Qué gente se va a morir de hambre en las calles cuando nos bloqueen?
Peor todavía ¿Cómo nos van a bloquear si ya nosotros nos autobloqueamos?



Me los imagino con sus tanquetas, armas de visión nocturna y toda esa parafernalia inútil contra los malandros que asaltan en la carretera vieja Caracas-La Guaira, la vía hacia Guarenas o en la Panamericana.

Pobres gringos, cuando vengan van a añorar Irak.



Señor que serruchó el viaducto ¿Está usted consciente que no sólo se le serrucharon las bases al viaducto que patina?
Usted serruchó también las endebles bases de la locura del siglo XXI que estamos viviendo.



Las bases sostienen puentes y sistemas. La miseria, los ranchos, la desidia, la irresponsabilidad y la demencia también serruchan.

Las bases tienen un límite y cuando no hay bases, lo que está arriba, irremediablemente cae sin que nadie lo tumbe.

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